Hay acciones que no solo deciden un partido, sino que erosionan la integridad de una temporada. El pisotón de Echeverri a Kounde en el 2-1 del Girona es una de ellas. No es una interpretación gris ni un roce de esos que requieren mil repeticiones; es una evidencia física que el propio CTA, ocho días más tarde, ha tenido que elevar a la categoría de “error claro, obvio y manifiesto”.
El informe arbitral es una confesión de parte: hubo falta, debió haber amarilla y el VAR estaba obligado a intervenir. Es decir, el gol que hundió al Barça en Montilivi fue un gol ilegal.
Y ahí es donde el análisis deja de ser técnico para ser dramático. Como mínimo, esa negligencia le costó al Barça un punto. Pero el fútbol no se juega en un laboratorio de aritmética; se juega con estados de ánimo. Con el 1-1 en el marcador y la justicia restituida, la inercia del tramo final habría sido otra. Quizás el Barça de Flick, herido en su orgullo, habría buscado el segundo. Nunca lo sabremos porque alguien en la sala VOR decidió que aquella tarde el reglamento era opcional.
La condescendencia tecnológica de hoy es la factura impagable de mañana; nadie devolverá al Barça lo que perdió en Girona
El problema es el efecto acumulativo. Las Ligas no se ganan en febrero, pero se pueden empezar a perder por la condescendencia del sistema. Si dentro de tres meses el campeonato se decide por un margen estrecho, la sombra de Montilivi será alargada. ¿Valía una Liga aquel pisotón?
El CTA cumple con su protocolo habitual: reconoce el error y envía al árbitro a la “nevera” cuando el daño ya es irreparable. Es una justicia de cartón piedra. En el alto rendimiento, los errores no son conceptos abstractos; son puntos que vuelan, presiones que aumentan y narrativas que se retuercen.
El VAR nació para que la verdad no dependiera del ángulo de visión de un solo hombre, pero si un pisotón flagrante que elimina al defensor de la jugada no activa la alarma, es que el sistema tiene aluminosis. No se trata de alimentar el victimismo ni conspiraciones de despacho; se trata de exigir coherencia en tiempo real, no disculpas en diferido.
Porque, al final, la contabilidad es cruel: un punto ignorado en febrero puede ser una Liga perdida en mayo.