La victoria ya no se le escapaba entre los dedos como tantas otras veces. Tim Wellens, el eterno cortejador del triunfo, el hombre que tantas veces había rozado la gloria sin atraparla, pedaleaba ahora hacia la historia con la certeza de quien sabe que ha llegado su hora. En Úbeda, entre el polvo dorado de la grava y la sombra interminable de setenta millones de olivos, el belga encontró al fin lo que tanto había buscado: la plenitud de una victoria en solitario, arrancada a golpe de audacia y resistencia.
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